La afectividad… ¡motor de nuestra vida!

En esta reflexión usaremos el término afectividad como la capacidad de sentir cariño, amistad y amor por otra persona, o bien lo contrario, ya que el ser humano se desarrolla en medio de una serie de afectos opuestos como: agrado y desagrado, simpatías y antipatías, atracciones y rechazos… que con frecuencia son inconscientes.

La palabra afectividad puede usarse también como una simple reacción personal ante una persona, un animal o una cosa. La presencia de esas realidades puede hacer tal ruido que no permitan concentrase en lo que se hace. Puede ser por enamoramiento, pero no necesariamente. Lo que sí es exacto es que, si queremos crecer como personas, necesitamos intentar ser libres, si no lo somos, ante estos estímulos que matizan el entorno de nuestra vida. Unos son más fuertes que otros, pero están presentes siempre, como un verdadero reto a crecer en madurez y armonía.

Para el tema que nos interesa puede iluminarnos el pensar en cualquier aparato que necesite de un motor para funcionar. ¿Qué pasa si antes de usarlo no se leen las instrucciones y se prende precipitadamente con las ganas de ¡ya usarlo!… porque ilusiona el saber qué onda con tal novedad? Las respuestas serían diversas, ¿verdad? Y las consecuencias en muchos casos, serias y trascendentes.

De aquí se desprende la necesidad de tomar conciencia de nuestra afectividad: del motor que traemos integrado y de la conveniencia de conocerlo cada vez más, de valorarlo y saber disfrutarlo como fuente de dinamismo, de creatividad y de vida nueva. Esta toma de conciencia nos llevaría a ser más responsables en vivir nuestra afectividad como parte hermosa de toda nuestra persona… y ya no como un tabú, ni como un libertinaje, sino con la alegría y el gozo por constatar que contamos con un medio esencial para relacionarnos como personas cálidas, amables, cariñosas… sin miedo de expresar libre y sanamente los afectos. ¡La afectividad es, pues, un don de nuestro Dios que implica una valiosa tarea!

Tristemente, no siempre logramos ubicar como tal este don y nos vamos viviendo, metafóricamente hablando, como líneas rectas carentes de toda novedad, con poco dinamismo y escasa creatividad, o bien como líneas quebradas movidas en zigzag, guiados por el primer impulso que brinca y sin medir las consecuencias.

Sabemos que parte integral de la Vida Consagrada es la fraternidad, siempre inacabada y constantemente amenazada. ¿Por qué? Por allí leí que “a nuestro querido mundo le falta cariño… besos, ternura, miradas profundas y limpias, apretones sinceros” ¿No irá por allí la respuesta? Sabemos en teoría que la vida consagrada es un camino de felicidad, aunque no de placeres baratos. ¿Cómo entender este camino de misterio, de paradojas, de contrastes; este camino de cruz y resurrección? Sólo la sabiduría del Espíritu puede llevarnos a hacer realidad esta propuesta de felicidad, este reto, esta tarea diaria y constante por construir la fraternidad. Su motor es precisamente la afectividad, tan mal manejada y tan mal enseñada, cuando es tan urgente aprender a disfrutarla y madurarla. Los seres humanos, seres en y para la relación, estamos hechos para la fraternidad, de manera especial quienes hemos optado por responder al llamado del Señor a la Vida Consagrada. Juntamente con la respuesta a ese llamado optamos por proyectar un amor efectivo y afectivo y no precisamente por un amor platónico, brotado de un concepto dualista, de una nociva dicotomía. El amor, centro del Evangelio y vivido como Jesús, es un amor encarnado que brota de la persona toda, con la novedad del Espíritu. El papa Francisco nos dice y nos lo expresa constantemente a través de su relación con el pueblo: “No tengamos miedo a la ternura.” “Que nadie nos robe la fraternidad.”

Convendría desaprender muchas cosas, empezando por cierto concepto de santidad que nos impone una constante ascesis que identificábamos con la represión, el encogimiento, la sequedad que nos hace personas aisladas, asustadizas e intratables. Ciertamente, la ascesis la que, dicho brevemente, es fruto de un esfuerzo personal y a la medida humana, es indispensable. Pero qué pobre sería nuestra consagración al quedarnos sólo con esa parte. La ascesis no es sino la aportación de la propia libertad que acoge la acción amorosa de todo un Dios en la vida de la persona… la mística, lo que Él va trabajando y que tiene precisamente su medida, sin medida. Con la hondura del científico que es, afirma Albert Eistein en una carta confidencial a su hija: “El amor es luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere. El amor es Dios, y Dios es amor… la fuerza más poderosa que existe, porque no tiene límites”. Si cada consagrado se experimentara personalmente amado por Jesús, el Dios Encarnado, no podría sino vivirse aprendiendo a amar en la misma forma, a cada persona… especialmente al más necesitado por diferentes motivos.

Por otra parte, el Padre Josef Kentenich, fundador de Schönstatt, instituto secular, con la consigna de formar sacerdotes unificadores de la personalidad que no creen dicotomías, afirma que “El hombre es un pensamiento de Dios”. Y yo pienso que Dios no puede sino proyectar lo que es, proyección que no podemos captar sino a través del conocimiento del Dios Encarnado, que vino para que conociéramos el rostro misericordioso de su Padre y a darnos en su nombre, el mandamiento del amor.

Hermoso llamado tenemos los consagrados: ser el rostro de ese Dios que no vemos sino en la presencia del hermano con el que construimos diariamente la fraternidad, cuyo motor es la afectividad.

No me resisto a terminar con una aguda intuición de Mafalda: “El ideal sería… tener el corazón en la cabeza y el cerebro en el pecho, así ¡pensaríamos con amor y amaríamos con sabiduría!

Hertha Hampl, fsps

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