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Febrero 2013

De todos nosotros Consagrados: ¡Gracias, Santo Padre!

Beatísimo Padre, hace unos pocos días, en la Homilía dirigida a todos nosotros los Consagrados, en el día de la Presentación del Señor en el templo, usted nos exhortaba a una fe que sepa reconocer la sabiduría de la debilidad. Usted nos confortaba, de hecho, afirmando que “cuando la dureza y el peso de la cruz se hacen notar, no dudéis de que la kenosi de Cristo es ya victoria pascual”. Unos días más tarde, la fuerza de autoridad de estas palabras Suyas se convierte para nosotros en el icono en el que podemos admirar el gesto de amor con el que usted, dejando el Pontificado, tiene la intención de dedicarse de lleno a una vida consagrada a la oración por el bien de la santa madre Iglesia. Sí, sólo en su kénosi, Padre Santo, contemplamos ¡la victoria pascual de Cristo! Precisamente en Su rostro, vislumbramos la luz gloriosa de Aquel que, ¡muriendo en la cruz, nos ha inundado de esplendor!

En este grave momento, para usted y para nosotros, cuanto quisiéramos que se sintiera cercano a todos los Consagrados, que yo tengo el honor de representar y que, de alguna manera, le porto delante de sus ojos. Siéntanos cerca de usted, ¡nuestro querido Santo Padre! Advierta el unísono de nuestro corazón de hijos que con devoción le trasmiten su amor y un ¡profundo agradecimiento! Sí, lo queremos mucho, y deseamos decirle que nuestro afecto filial lo acompañe día tras día en Su futuro servicio de oración a beneficio de todos.

Nosotros los Consagrados, en este momento, queremos transmitirle, como en una palabra que resuma, la abundancia de nuestro agradecimiento: ¡Gracias, Santo Padre!

Gracias por querer terminar Su pontificado con un gesto profético y valeroso, fruto de oración, de gran lucidez, de profunda humildad y de Su amor por la Iglesia.

Gracias también por Su amor por la Iglesia, por la parresia evangélica con la que ha trazado el camino de purificación, hasta pedir perdón por el pecado de sus miembros.

Gracias por Su mirada cuidadosa a la complejidad del mundo, a sus debilidades, a los atractivos vacíos de lo que es penúltimo, a los lazos seductores del consumismo y, más aún, al peligro del relativismo: Sus Encíclicas y los numerosos discurso, puntuales y clarificadores, siempre nos han indicado con nitidez y determinación el camino de Cristo. Además, nos han nutrido en la común aspiración, inscrita en el corazón de cada uno, el anhelo de buscar a Dios. Sí, gracias por habernos confirmado en la fe con un Magisterio sobremanera rico de sabiduría y de firmeza evangélica. Gracias por el don de Su palabra sencilla y al mismo tiempo tan profunda. Gracias, una vez más, por el bello regalo del Año de la Fe.

Gracias, sobre todo, por Su amor a la Vida Consagrada y por haberlo manifestado en numerosas ocasiones. Por habernos sacudido varias veces, llevándonos a hacer memoria incesante del “primer amor” con el cual el Señor nos ha encontrado y hecho suyos. Por habernos recordado el primado de “estar con el Señor” para poderlo anunciar después y trabajar para Él. Por indicarnos la urgencia de la misión y de la Nueva Evangelización, cooperando, a través de la multiforme manifestación de nuestros carismas, la identidad misma de la Iglesia, su tarea principal, el de anunciar el Evangelio. Por reconducirnos al espíritu de peregrinación, que nos da la fuerza de sacrificarlo todo por amor de Dios y de los hermanos. Por habernos dicho que nuestra alegría debe pasar necesariamente a través de la Cruz de Cristo. ¡Cuánta riqueza de enseñanzas! Haremos tesoro de su alto Magisterio, a través del estudio y la reflexión orante de sus escritos. Sí, Santo Padre, ¡Usted verdaderamente ha amado la Vida Consagrada! Este amor lo hemos percibido, así como advertimos en nosotros su eficacia propositiva y estimulante.

Al inicio de Su pontificado, nos dijo de considerarse un simple y humilde trabajador en la viña del Señor. Si la humildad es la medida de la grandeza de una persona, la confesión pública hecha el 11 de febrero confirma la verdad de aquellas palabras y, conjuntamente, Su grandeza. Gracias por habernos enseñado, de la cátedra de la vida, que la autoridad en la Iglesia es servicio.

De todos nosotros Consagrados: ¡Gracias, Santo Padre!

Permítanme, por último, añadir una palabra especial de gratitud que viene de mi condición de Ministro general y siervo de toda la Fraternidad de los Menores. Advierto el deber de darle las gracias por Su sublime magisterio franciscano, que llegó a manos llenas a nuestra reflexión y en el compromiso de ponerlo en práctica en nuestras vidas. Su amor por san Francisco y por la espiritualidad franciscana es de todos conocido: además de las numerosas referencias concernientes a nuestra forma de vida, brillan sus catequesis sobre san Francisco, santa Clara, san Antonio, san Buenaventura, el beato Juan Duns Escoto y otros autores de la Escuela franciscana. De esta manera, no sólo nos ha revelado su profundo conocimiento del carisma y de las piedras angulares de la espiritualidad franciscana, sino que también ha dado una interpretación cuanto más profunda para nuestro tiempo, cuanto numerosas fueron Sus instrucciones a conjugarlas con la complejidad del mundo actual. Su mismo peregrinar por la tierra de san Francisco, así como Su memorable visita a Tierra Santa, “la perla de las misiones franciscanas”, con la unción de Sus preciosas palabras cargadas de entusiasmo y ánimo, han sido una patente demostración de su grande amor por el Santo de Asís y por todos sus hijos hoy en día. Y como hace muchos años, al igual que el Poverello se comprometía a ser “súbdito y sujeto a los pies” de la santa madre Iglesia y del señor Papa, también yo hoy Le renuevo con devoción la promesa de obediencia y reverencia, vislumbrando en Su rostro la belleza de la Iglesia, Esposa de Cristo.

Roma, 13 de febrero de 2013, miércoles de Ceniza.
Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Ministro general, OFM
Presidente USG

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