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Mayo 2013

Las discusiones del camino

Editorial VIDA RELIGIOSA - Numero de Junio 2013

Nos acompañan desde siempre. Cuando el Señor Jesús habla de lo que está pasando y lo que tiene que pasar, algunos discípulos se dedican a discutir por el camino sobre quién es más importante. Parece que es nuestra condición. Gastar las mejores energías, quizá las más ágiles, en las «antiquísimas artes» de la confabulación, la intriga y el engaño.

Hemos reiterado en infinidad de ocasiones que el problema de este tiempo no es la falta de ideas, sino la difícil comunión de corazones. No tanto por la imagen idílica de la armonía de todos en todo, cuanto por la necesidad de la conversión y la dedicación de los mejores esfuerzos a un bien mayor: la misión. La cuestión no está en las formas, sino en el fondo. La cuestión es de fe. Porque, sin ella, cualquier exhortación o proyecto cae en el vacío de la nada, sencillamente porque si las motivaciones son puramente humanas, como es el afán de poder, no hay nada que nos cambie.

Esta primavera larga, tan ambigua en lo metereológico, nos está dando abundantes oportunidades para, de manera personal, asumir el testigo de lo que significa cambiar el itinerario de la propia vida. El Papa Francisco no deja de ofrecernos, día tras día, pequeñas píldoras que van directamente a la dolencia del corazón humano. Hace unos días habló expresamente de buena parte de los contenidos de las discusiones del camino. Habló de algo tan viejo y tan nuevo como la murmuración y el descrédito; de las habladurías y difamaciones. Y, sin rodeos, lo definió como lo peor, como un auténtico pecado. No menos claro fue cuando aludió a los «trepas» de los que dijo que no tenían fe… Me pregunto si esa emoción contenida por un evidente cambio de signo y de discurso, sería tan entusiasta si nos diésemos cuenta de que ambas correcciones nos pillan de lleno. Aquí lo fácil es pensar que el asunto va para la vecina, para el hermano o para los otros. Sin embargo, una vez más, el dedo en la llaga nos evidencia que verdaderamente nuestro problema es de fe, que ciertamente es signo de la secularización en lo que ésta tiene de atroz.

Mientras tanto, las discusiones por el camino proliferan. Dedicados a la venta de «soluciones que para mí no tengo», en el horizonte puede descubrirse que la barca de la misión está encallada, varada, estancada y quieta. Gastados en si Apolo, o Pablo; si mi estilo o el tuyo… el granhorizonte del Reino se mantiene a la espera de que la conversión nos anuncie que, efectivamente, puede empezar un tiempo nuevo en el que nuestra boca y nuestros actos, se abran a favor del pobre, del cojo o ciego, del sediento de verdad o de que en los «lugares de muerte» alguien devuelva las ganas de vivir.

El ritmo de las comunidades llega a estas alturas del curso con la resaca del trabajo bien hecho y el esfuerzo de tantos tiempos entregados y compartidos. Multitud de escenas que empiezan a ser recuerdos en los que Dios ha ido haciendo posible la esperanza a través de no pocas desesperanzas. Son días para el balance y para la evaluación de proyectos. Pero, sobre todo, son oportunidades nuevas para una sencilla y única pregunta y es nuestra identidad creyente.

Las energías que quedan necesitan reorganizarse y no malgastarse en batallas inútiles de celos, envidias y «chismes» que esterilizan la misión e incapacitan el contagio vocacional. Alguien, con palabras suaves pero claras, debería decirnos a los oídos del corazón que ¡basta ya de discusiones por el camino!; que no merece la pena la lucha por un poder miserable; que lo único que nos salva es recrear la fe en Aquel por el que un día nos embarcamos en este proyecto… Porque la barca sigue encallada y para sacarla a la mar, hacen falta todas las manos, todos los estilos, todas las artes. Alguien debería recordarnos, sin rodeos ni miedos, que en la vida religiosa, como en todas las formas de vida de seguimiento, ni todo vale, ni es lo mismo. Aquí, para apuntar hacia el futuro, hace falta sólo y, nada menos, fe.

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Vida Religiosa

Publicación periódica, animada por los Misioneros Claretianos, dirigida a los consagrados y consagradas del mundo entero.

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