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Julio 2013

“Sin creatividad, no seremos capaces de acompañar a nadie”

Prepósito general de la Compañía de Jesús y nuevo presidente de la USG

Al médico de Adolfo Nicolás no le gusta que tome café. Así se justifica el prepósito general de la Compañía de Jesús mientras se sirve un zumo antes de comenzar esta entrevista en un descanso de la asamblea semestral de la Unión de Superiores Generales (USG), de la que Nicolás es presidente. Mientras te habla, este palentino de 77 años parece olvidarse del resto del mundo: responde sin prisa a todas las preguntas hasta que los organizadores de la asamblea se ven obligados a intervenir para recordarle que la reunión no puede seguir sin él. Sus opiniones son las de uno de los hombres más influyentes de la Iglesia católica.

Se dice que usted no quería pasar de vicepresidente a presidente de la USG después de que el anterior “número uno”, el franciscano José Rodríguez Carballo, fuera nombrado secretario del dicasterio vaticano dedicado a la Vida Religiosa. ¿Le parece excesivo que sean jesuitas tanto el Papa como el presidente del organismo que engloba a todos los superiores generales?
No, no es así, son órbitas distintas. Sería distinto si yo estuviera en alguna congregación romana, pues la visibilidad sería mucho mayor, pero la presidencia de la USG no tiene visibilidad en la Iglesia. Es un servicio que alguien tiene que hacer, coordinando ideas, sugerencias e iniciativas, pero que no entra en la visibilidad universal de la Iglesia.

¿Le molesta el título oficioso de “papa negro”?
Yo ni soy papa ni soy negro. Lo del “papa negro” es bastante reciente, viene de la Unificación de Italia. Durante un corto período de tiempo, el general de los jesuitas tuvo que vivir fuera de Roma, cerca de Florencia, y cuando volvió a Roma le recibieron como al “papa negro”. No me gusta la expresión porque se utiliza como referencia al poder. El poder no tiene ningún valor religioso ni cristiano. El color negro tampoco tiene valor alguno, no hay diferencia con otros colores. Por tanto, “papa negro” es un título popular, pero vacío de contenido.

Interés por la Compañía

Hay datos que muestran un aumento de confesiones y de personas que vuelven a la Iglesia tras la elección del nuevo Papa. Se habla del “efecto Francisco”. ¿Están notando esta reacción también en la Compañía de Jesús?
Sí. He recibido cartas de laicos muy comprometidos que me dicen que no sabían nada de la Compañía de Jesús y que, tras la elección de este Papa, han comenzado a investigar, están leyendo cosas y les interesa cada vez más. Me piden opinión respecto a distintos temas. Hay un crecimiento de interés respecto a qué son esos jesuitas de entre los que ha salido este Papa. Esto tiene un doble filo: por una parte, están interesados en nuestra espiritualidad, nuestra historia; pero supone también que nos están observando. Es un desafío para ser consistentes y vivir en la línea que está trazando el Papa.

¿Han notado también el efecto con nuevas vocaciones?
Aún no, pero tal vez sea porque no tenga suficiente información. Es posible que haya diferencias, pero nuestra línea es ser muy exigentes en la selección. Esto sigue así, haya muchos o pocos; no hay que bajar el nivel. Si perdemos el nivel, perdemos credibilidad en la Iglesia y en la capacidad de servicio. Hay que mantener un servicio de calidad a la Iglesia, porque el gran riesgo de hoy es la superficialidad. Tenemos más información que nunca, pero no hay criterios de verdad ni de cómo moverte en medio de tanta broza para encontrar puntos serios y sólidos de verdad y vida evangélica. El gran peligro es la superficialidad, citar a otros que citan a otros.

¿Cuál debe ser hoy el lugar de la Compañía de Jesús en la sociedad y en la Iglesia?
Mantener nuestro servicio de calidad. Eso es lo que esperan también los obispos de nosotros. Cada vez que me encontraba con Benedicto XVI, lo que no era frecuente, me recordaba que la Iglesia espera de los jesuitas profundidad en el estudio y en la espiritualidad. Cada vez que lo menciono en mis visitas, los jesuitas responden a estas dos cuestiones muy positivamente. Eso toca algo muy nuestro.

¿Se ve habitualmente con Francisco?
Le he visto una vez. Fue un encuentro muy amigable. Nos hemos escrito, sí, pero no quiero darme mucha visibilidad, para que él cree su estilo y vaya por libre. No sería bueno ni adecuado que los jesuitas aprovecharan esta ocasión. Siempre digo que no ha cambiado nada: nosotros seguimos sirviendo a la Iglesia y nuestra relación con el Papa es de obediencia. No hay que decir: “Yo ahora tengo mano con el Papa”. No. Yo quiero seguir respetándole, como he respetado al anterior.

En su discurso de apertura de la asamblea de la USG apostaba porque las distintas congregaciones religiosas unieran fuerzas, particularmente con los centros académicos romanos. ¿El futuro está en la intercongregacionalidad?
Esa es la línea que hay que seguir. Más que nuevos proyectos, hay que ir a lo que necesita la Iglesia hoy. Ha cambiado el paradigma y hay que ver cómo vivimos de una manera nueva. No hay que multiplicarnos con nuevos proyectos, porque eso aumenta las cargas de las congregaciones, que ya están muy cargadas, sino ver qué proyectos que estamos llevando a cabo pueden trabajarse de forma conjunta y ser más eficaces. Eso lo estamos haciendo dentro de todas las congregaciones, colaborando mucho más y haciendo alianzas apostólicas para responder a problemas comunes. Hay que pasar por esa época para llegar a una nueva manera de trabajar.

Pero nadie quiere perder parcelas de poder o que parezca que se disuelve su carisma…
Eso sería cortedad de miras. Como decía el padre [Bartolomeo] Sorge [jesuita que abrió la asamblea con una conferencia sobre el liderazgo], debemos crear nuevas estructuras relativizando las que ya tenemos. En la Compañía ya está pasando. Hasta ahora teníamos una estructura, la provincia, y los que no llegaban a ella por falta de número, eran región. Hoy hay que moverse hacia nuevas estructuras, porque la sociedad ha cambiado totalmente. Se están formando nuevas alianzas en el Caribe, en los Estados Unidos o en España, donde se ha pasado a una sola provincia, pero con peculiaridades nuevas, con sus plataformas regionales y apostólicas. Es algo nuevo para agilizar el apostolado. No es por razones de tipo estructural.

¿Cuánto ha influido en ello la caída de las vocaciones?
Esta era la ocasión. No seríamos sinceros si dijéramos que la reducción numérica no ha influido. Ha influido mucho, pero ha sido la ocasión para pensar en nuevos términos. Creo que toda crisis, como dicen los chinos y los japoneses, ofrece un peligro y una oportunidad. El peligro es no entender la crisis, quedarse anclado y morir por inanidad. La oportunidad es que esto impulsa a crear nuevas estructuras para responder a nuevas realidades. Creo que la voluntad de todos los superiores generales es responder de una manera nueva. Si hasta ahora no se ha hecho, es porque no sabemos cómo.

Carismática y universal

¿Cómo ve el desarrollo de la Iglesia y de la Compañía de Jesús en los próximos años? ¿Se va, al menos en Occidente, hacia un cristianismo de minoría, hacia un grupo pequeño de fieles que estén muy comprometidos y den testimonio?
Yo no soy profeta, no sé cómo se va a desarrollar. Imagino una Iglesia en la que se va a profundizar en lo carismático. Lo carismático es algo de minorías. Pero al mismo tiempo, también una Iglesia muy pendiente de lo universal. No se va a perder el contacto con las masas. El gran éxito de este Papa es con las masas. Y, sin embargo, es un Papa que insiste en la profundidad y en vivir lo carismático como llamada del Espíritu. La Iglesia en la que yo creo es una Iglesia que se preocupa de las dos cosas. Por un lado, de lo carismático, que siempre ha sido de minorías, pero que también está al servicio de la masa. Lo que yo anticipo, y no va a ser nada fácil, es que va a haber una nueva relación con creyentes de las otras religiones. Será una nueva relación con estos otros creyentes que están buscando a Dios a su manera y que, con frecuencia, lo encuentran.

Para muchos observadores es escandaloso que, en medio de la descristianización existente, los cristianos estén separados. ¿Se darán pasos significativos en el ecumenismo? ¿Cuál es la contribución de la Compañía de Jesús en este campo?
No sé cómo se desarrollará el ecumenismo en el futuro. Imagino que irá en la línea de menos insistencia en lo que es puramente externo, en las diferencias de tipo litúrgico, como ocurre por ejemplo con los orientales. Menos insistencia, por tanto, en lo que nos separa y más profundidad en lo que nos une. Mi esperanza es que los jesuitas que están metidos en el ecumenismo contribuyan a ir a lo profundo. Es lo que ocurrió el Jueves Santo, cuando el Papa dijo a los sacerdotes que preparasen bien las liturgias y que no se apegaran a los trapos. Lo comentó después de lo del “olor a oveja”. Lo tomo como un indicador de sus raíces ignacianas. Está hablando de un despegue de todo lo externo que no hace bien a la gente. Eso es puramente ignaciano. No hay nada a lo que nos debamos apegar excepto a Cristo y al bien de los demás. En eso insistía el Papa. Creo y espero que los jesuitas contribuyan en esta línea.

Leí hace poco que el gran desafío para las religiones en el siglo XXI era proponer una alternativa a la adoración del becerro de oro. ¿Hace la Iglesia lo suficiente en este sentido?
A lo mejor resulta difícil de captar, pero la Iglesia está ahora como estaba al final del Antiguo Testamento. Hubo una crisis de fe cuando el exilio y, tras esta crisis, se terminaron los profetas. Cuando habla a la sociedad moderna, la Iglesia no puede hablar proféticamente, porque no hay fe para recibir el mensaje profético. Tiene que hablar como habló el Espíritu en la última parte del Antiguo Testamento. La Iglesia tiene que hablar sapiencialmente. El otro día, en una reunión de reflexión que tengo, estábamos hablando de educación y alguien dijo que la gente espera ahora de nosotros sabiduría, no profecía. Creo que el lenguaje profético tiene sentido dentro de la Iglesia, o sea, hacen falta profetas dentro de la Iglesia, pero a la sociedad hay que ofrecerle sabiduría, dándole mensajes que tengan sentido, que abran caminos, que ayuden a los jóvenes a ver que hay todo un camino de sabiduría que hay que seguir. Lo profético presupone la fe, y no la hay en la sociedad moderna. Ha habido un descrédito de la fe, de la Iglesia. Es de todas las religiones. Yo he visto en Japón que el budismo estructurado, sistemático, está en crisis. Están saliendo nuevas religiones y nuevos grupos que son el equivalente a los movimientos o a las sectas. El fenómeno es universal: empieza en Europa y se muestra más dramáticamente entre los europeos, pero es universal. La gente busca sabiduría. Hasta hace poco, yo creía que era peculiar de Asia, porque en Asia son los sabios los que han dirigido el pensamiento. Pero veo que también se da en Europa. La pluralidad religiosa de Europa hace que la fe tenga hoy profetas particulares, porque lo que tiene sentido para los católicos, no lo tiene para los musulmanes o para los ateos.

¿Encuentra usted sabios en la sociedad contemporánea?
Eso es lo que tenemos que producir. Si tiene que haber cambios en nuestra educación, deben estar indicados a producir sabios. Hay que producir gente con hábitos de reflexión, de discernimiento, de pensamiento profundo, que supere la superficialidad que está entrando en toda nuestra sociedad.

¿Lo ve como un reto para los jesuitas, tan volcados siempre en la educación?
Sí, es un verdadero reto, pero creo que ese es el camino. Si la Iglesia quiere tener credibilidad con los no cristianos, tiene que ir por la línea de la sabiduría.

Se refería antes a los jóvenes. En los países europeos meridionales vamos camino de tener una generación perdida, sin visos de futuro. ¿Se atrevería a ofrecerles unas palabras de consuelo?
Si fuera budista, diría que la historia va para abajo y, cuando llega el momento de crisis, se produce el momento de iluminación y empieza un camino lento hacia arriba. Pero no soy budista. Creo que uno de los problemas que tenemos, y es algo inevitable, es que miramos al futuro con los ojos del pasado. Vemos que en el pasado, la generación anterior a la nuestra no ha respondido a las expectativas creando un futuro para la siguiente generación. Por eso miramos al futuro sin grandes esperanzas. Yo creo que tenemos que liberarnos del pasado y saber que el futuro depende de que nos pongamos en una situación creativa. En este momento, la Iglesia espera de nosotros que nos dirijamos hacia la profundidad, la creatividad y la vida en el espíritu. Esto es lo que le digo a los jesuitas jóvenes. Sin creatividad no vamos a ser capaces de acompañar a nadie en la búsqueda de nuevas respuestas, porque en nuestra formación hemos aprendido a responder a las preguntas del pasado, pero las preguntas nuevas son distintas. Hay que acompañar en esa búsqueda de la sabiduría y de la profundidad. Por eso me gusta más el concepto profundidad que otras palabras como meditación u oración, ya que generan sus propias imágenes. En cambio, la profundidad es algo nuevo que tenemos que descubrir.

“Hay un cambio de modelo de sociedad”

Del 5 al 11 de mayo, Adolfo Nicolás visitó la provincia jesuítica de Castilla, donde se ha topado con la dura realidad de crisis económica, social y de valores que sacude España. Dice no haber vuelto de su país con sabor amargo, pero sí sorprendido, “porque la crisis es mucho más profunda de lo que pensaba”.

No cree que la solución venga con tener a unos u otros políticos al mando, pues el momento actual de ruptura es común a todos los países occidentales. “Se está produciendo un cambio de modelo de sociedad y de gestión. Si no captamos eso, los remedios son un poco mecánicos”, opina, considerando la ayuda a los bancos una medida “en cierta manera secundaria”. Para él, “es todo un pueblo y una cultura los que hay que remodelar”, por lo que le gustaría que en las universidades hubiera un mayor discernimiento para salir de esta situación.

Aunque llevar las riendas de la congregación religiosa más numerosa de la Iglesia con sus 17.300 miembros no le deja apenas tiempo libre, Nicolás ha seguido este año dos cursos por Internet de la Universidad de Harvard. “Uno era sobre mecánica cuántica, porque quería saber cómo funciona la filosofía cuántica, pero daban por supuestas demasiadas matemáticas y lo dejé. El otro es sobre justicia, pensamiento social y político. Es magnífico. El genio del profesor es que hace pensar mucho a los estudiantes”, cuenta.

Debido a sus continuos viajes, las últimas clases las siguió desde su ordenador mientras visitaba Zambia, Malawi y Mozambique. Nicolás, a quien de joven le gustaba entretenerse con novelas de detectives, ahora solo lee obras que le ayuden a razonar. “Me interesan los libros sobre el discernimiento, porque no solo te dan información sobre un período, también te hacen pensar para saber qué se puede hacer de ahora en adelante”.

Desde su elección en 2008 en sustitución del holandés Kolvenbach, uno de sus mayores lamentos es la falta de tiempo libre. “En Japón me preguntaron que qué era más difícil, ser provincial o general. Les dije que ser general es más exigente, porque estás continuamente a ver por dónde sale la liebre. Pero ser provincial es más difícil, porque debes enfrentarte con problemas y superarlos. La decisión la puede tomar el general, pero es el provincial quien ha de llevarla a cabo. Respetamos mucho el principio de subsidiaridad. En problemas más complejos como los abusos, es el provincial el que debe solucionarlo siguiendo el protocolo existente”.

En el nº 2.850 de Vida Nueva

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