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Diciembre 2013

Betania, Comunidad de Amor

Editorial de la Revista CLAR
No 4 / Octubre - Diciembre 2013

Ante esta expresión, “Comunidad de Amor”, lo primero que se me viene al corazón es el Misterio Trinitario en Dios y en nosotros.

A lo largo de este año hemos estado reflexionando sobre este hermoso Icono de Betania; ahora nos detenemos a contemplarlo desde dentro, porque el amor es el adentro que da sentido a toda comunidad, a todas las relaciones humanas, es el que vincula, el que articula, el que recircula y el que hace posible la comunión (común unión).

En la edición anterior de la Revista decíamos con el P. José María Arnaiz que “encontrarse es todo”; ahora añadimos que “encontrarse es todo… en la medida en que nos amemos”, ya que sólo el amor posibilita el verdadero encuentro.

El Espíritu Santo nos llama, como Vida Consagrada, a reestructurar nuestra comunión, a darle un nuevo rostro, con el paso de un vivir en común hacia una comunidad de vida y que dé vida. Tal vez, estas Nuevas Formas de Vida Consagrada de las que habla el Plan Global, este nuevo rostro, tenga mucho qué ver con las nuevas formas de comunidad, de relacionarnos, de vivir y de permanecer en el amor. Lo qué más desfigura un rostro es la falta de amor, lo que lo configura y embellece es el amor. No hay rostro feo cuando se ama, y cuando se es amada o amado.

Los temas de esta Revista nos ayudan a contemplar el Misterio Trinitario con hondura, de manera que al profundizar en su misterio “ad intra” y “ad extra” la Vida Consagrada encuentre las invitaciones del Espíritu para dejarse renovar y rehacer en su ser y en su misión.

Una comunidad de amor es aquella que se acoge y se construye cada día. Es al mismo tiempo don y tarea; su fundamento lo encontramos en la vocación que hemos recibido de Jesús a seguirlo, “para estar juntos, con Él” y para enviarnos a predicar el Evangelio.

Es en la comunidad donde la gratitud no falta porque el amor es gratuito y se acoge en gratuidad; porque cuando nos sabemos amadas y amados todo se vuelve don, regalo, gracia; nadie se siente en deuda más que con aquella del “mutuo amor”. La vida se experimenta como respuesta al amor con el que la bondad de Dios y de nuestras hermanas y hermanos de comunidad nos envuelven cada día: “amor con amor se paga”. Por eso, la comunidad de amor implica tener expresiones explícitas de gratitud: empezando por celebrar la Eucaristía juntas y juntos, la bendición de los alimentos que son don del Padre, así como dar las gracias ante los pequeños y grandes detalles que los demás tienen para conmigo, dejarme asombrar por Dios y por los gestos bondadosos de las personas con quienes comparto la vida y la misión.

Una comunidad de amor, contemplada desde el dinamismo trinitario “ad intra”, es aquella en la que recircula el Amor, es decir, el Espíritu Santo. Nos dice san Pablo hermosamente que “el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5). Una comunidad de amor es por eso una comunidad espiritual, porque está animada por Él. Puede ser que existan comunidades muy observantes y trabajadoras, es más, que tengan muchos momentos juntas, pero sin Espíritu, sin recirculación de Amor. El Espíritu hace que el amor nos mantenga unidas y unidos aun cuando tengamos una estructura mínima de comunidad, pero grande en calidad relacional, en acogida, en vinculación afectiva y efectiva. Una comunidad así, busca pretextos para la celebración, para el encuentro, para las comidas preparadas con dedicación, para el detalle de bienvenida, para esperar a la hermana o al hermano que llega, o despedir a quien tiene que salir. Cuida el estar presente en esos momentos privilegiados de oración, de compartir el pan y la fe, y no los negocia fácilmente. El Espíritu Santo nos enseña a conjugar en la comunidad no sólo el verbo amar, sino también el verbo estar; cómo creer que alguien diga amar mucho a su comunidad cuando nunca está en casa, y cuando ésta parece como si no estuviera. Saber estar es también un signo del amor.

Por otra parte, sabemos que la comunidad de amor se vive muchas veces en la tensión. No es difícil amar, pero sí el aprender a amar. El perdón es un ingrediente que no puede faltar, es como el aceite que facilita el movimiento de la maquinaria de nuestro corazón, tan lento y complicado a veces para salir al encuentro de la reconciliación.

Una comunidad de amor no es auto-referente, más bien, toda ella se refiere al Reino, a la Misión que implica el seguimiento de Jesús. El Misterio Trinitario en su dinamismo “ad extra” nos enseña que toda comunidad religiosa está llamada a la misión, la cual es su razón de ser. Una comunidad de amor es una comunidad que anuncia el amor, que anhela salir al encuentro de la hermana y del hermano para proclamar el amor de Dios, la sobreabundancia de este Amor. Su misión se resume en amar y lo hace según su carisma, sanando, educando, evangelizando.

Nuestra realidad latinoamericana y caribeña necesita escuchar más sobre este amor de Dios; un amor que se encarna, se compadece, que nos acompaña en las buenas y en las malas, que quiere sólo nuestro bien, que se compromete en nuestras luchas por un mundo mejor; un amor concreto, no sólo de palabras, sino acompañado de gestos solidarios y compasivos, que escucha el clamor de Dios donde la vida clama, que se dirige a “las márgenes existenciales del corazón humano” como dice nuestro querido Papa Francisco, un amor que opta renovadamente por los más pobres.

Hemos concluido, con la solemnidad de Cristo Rey, el Año de la Fe. ¿De qué manera la fe ha acrecentado el amor en mi vida, en mi comunidad? Una fe que no lleva al amor encarnado no es cristiana. Sólo la fe en Jesús lleva a la encarnación. El Misterio Trinitario se vuelve entonces Misterio del Dios Encarnado, que viene a hacer comunidad de Amor con la Humanidad. La celebración de Navidad, ¿qué otra cosa es sino la celebración de este amor sobreabundante de Dios?

A la luz del Misterio Trinitario, nos percatamos de que tenemos que desaprender muchas actitudes anti-amor, muchos modos de vivir comunitariamente. Hay que reaprender el amor trinitario, el amor encarnado, para ser verdaderamente Betania, comunidad de Amor. Recordando la figura de Marta y María, así como la de Lázaro, esta comunidad de amor está llamada a enfatizar la hospitalidad, la atención a la hermana y al hermano en el cuidado de la vida, la escucha atenta a Jesús en el discipulado y en la misión. Nuestras comunidades de amor están llamadas a caminar con la libertad del Espíritu, como Lázaro después de ser resucitado por Jesús y desatado de sus vendas, y retomar el camino de la alegría y la esperanza.

Una comunidad de amor es también aquella que tiene a María de Nazaret como su referente continuo para caminar hacia este nuevo rostro de comunidad. Como Ella, tendríamos que contemplar largamente al Dios-en-nosotros, darnos tiempos hondos de escucha, de silencio, de fiat, de oración personal y comunitaria, de manera que al salir de prisa al encuentro de la humanidad, todas y todos se sientan visitados y visitadas por el Amor de Dios que hemos contemplado, por el Dios-con-nosotros. No se trata de hacer dicotomías en nuestra vida: ahora contemplo a Dios y luego salgo al encuentro “de”. La contemplación es ya una misión y la misión es también contemplación cuando vivimos desde la dinámica trinitaria y mariana.

Que nuestras comunidades de Vida Consagrada se dejen renovar a la luz del Misterio de la Trinidad y a la luz del Misterio de la Encarnación que estamos celebrando. Pidamos esta gracia con todo el corazón como regalo de Navidad. Que nuestras comunidades de amor sean, a su vez, un regalo para nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños, de manera que en ellas encuentren el rostro materno de Dios, la casa que acoge, la vida que sale al encuentro.

“Señor, haz que experimentemos vivamente tu amor, para que podamos amarte y servirte con todas nuestras fuerzas”, y así ser verdaderamente una Vida Consagrada de Betania, comunidad de amor.

Hna. Mercedes Leticia Casas Sánchez, F.Sp.S.

Presidenta de la CLAR

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Revista de actualización, reflexión y formación teológica, dirigida especialmente a las/os religiosas/os del Continente Latinoamericano y Caribeño.

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