ReliPress | RELIGIOUS LIFE PRESS
Noviembre 2016

La vida de comunidad como dialéctica entre polaridades antagónicas

La comunidad religiosa está llamada a ser el grupo de referencia y de pertenencia en la que se resuelve esta tensión.

La comunidad, ha de ser entendida en su relación dialéctica con las personas que la componen y con la misión. No cabe hablar de la comunidad sin tener en cuenta al mismo tiempo las otras dos polaridades. Sería un discurso abstracto sobre la vida de comunión. Esta perspectiva nos permite entender la vida de comunidad como una vida constitutivamente en tensión.

La vida toda ella es tensión, ya sea por el hecho de tener que escoger algo dejando otras cosas (opción), ya sea porque hay que integrar polaridades antagónicas en una síntesis de contrarios (integración). Sin tensión no hay superación.

Ahora bien, hay tensiones sanas y tensiones malsanas. Son sanas aquellas tensiones que ayudan a crecer a la persona. Sin tensión no hay crecimiento. El atleta se supera así mismo desafiando sus propias marcas. El Reino no avanza sino en tensión con determinados conflictos históricos. La misma medicina nos dice que, para una vida saludable, es necesario un cierto nivel de stres. Su exceso es el que atenta contra la vida. Sin un margen de tensión la vida se paraliza y la persona se estanca. La vida de comunidad también.

Al tratar sobre la vida de comunidad, es fácil caer en una poetización idealizada de la comunión fraterna, llevados de la ilusión del deseo. Pero los inevitables conflictos de la vida en común se encargan de despertarnos de esas falsas ilusiones para devolvernos a la cruda realidad de nuestras problemáticas relaciones comunitarias.

Entonces la ilusión se convierte, frecuentemente, en lamento derrotista: “En mi comunidad no hay vida fraterna… Pero es que, además, con esta gente no hay nada que esperar”. Es una queja muy frecuente en la Vida Religiosa. Y, sin embargo, justo ahí es donde comienza la posibilidad de poder empezar a construir algo: aprender a analizar qué es lo que pasa en mi comunidad, ver cuáles son las tensiones no resueltas para ver por dónde podemos empezar a trabajar y a caminar. Todo lo demás es desertar hacia las ilusiones del deseo. Dice Bonhoeffer que “Aquel que ama más su sueño de una comunidad cristiana que aquella comunidad a la que pertenece, se convierte en destructor de toda comunidad cristiana, por más honestas, serias y abnegadas que sean sus intenciones personales”.1

Las tensiones comunitarias son las que nos marcan el camino, esa especie de Mar Rojo que es preciso transitar cada día, para avanzar hacia la tierra prometida de la comunión fraterna.

La vida de comunidad, como marco en el que nace, se despliega y madura la vocación a la Vida Religiosa exige una vida que asume vivir en tensión permanente, es decir, en formación permanente.

La vida de comunidad revela una de las paradojas básicas de la existencia humana: crece en tensión dialéctica de valores contrapuestos hacia una síntesis nueva de crecimiento.

Todos nos sentimos impulsados a salir de nuestra soledad para lograr esa tierra prometida del encuentro con el otro. Vivir se convierte así en el arte de convivir, donde se da esa forma de vibración y plenitud existencial, donde ahuyentamos el fantasma de la soledad, donde descubrimos y vivimos lo mejor de nosotros mismos y descubrimos la salvación que Dios nos ofrece en los hermanos.

Precisamente, porque la vida de comunidad crece en tensión de tendencias antagónicas, pronto descubrimos que toda forma de convivencia, en cualquiera de sus formas, es fuente de conflictos. Y también que la vida de comunidad es una llamada permanente a abordar y resolver positivamente los conflictos y las tensiones que conlleva.

Cuando este antagonismo de tendencias contrapuestas se resuelve en una síntesis integradora, es cuando la persona y la comunidad avanzan hacia el encuentro de comunión fraterna, convirtiéndose ésta en la gran mediación posibilitadora y plenificante de la Vida Consagrada.

Dentro del espacio de que disponemos, vamos a referirnos a cinco tensiones de cuya resolución depende el crecimiento de la vida comunitaria. Cabe señalar otras muchas tensiones. No estoy seguro ni si quiera de que sean las más importantes.

COMUNIDAD COMO TENSION ENTRE:

1. Don/Tarea
2. Autonomía/Interdependencia

3. Soledad/Comunicación

4. Sintonía/Diferencia

5. Ser/hacer

SU RESOLUCIÓN DA COMO FRUTO

  1. Hijos y hermanos
  2. PertenenciaEncuentro
  3. Resolución de conflicto
  4. Vida en amor/servicio

1. Comunidad como tensión entre Don/Tarea. Genera una comunidad de Hijos y de hermanos

Nunca la vida de comunidad fue fácil. Al contrario, se nos dijo que es la realización misma de la utopía del Reino ( Hch 2,42-47). El ideal de la comunión se hace realidad cuando se la acoge como don y se convierte en nuestra principal tarea. Ya lo advierte Casaldáliga:

Dos son los problemas, dos:

Los demás y yo.

El difícil otroy el difícil yo.

El duro nosotros de la comunión.

La bellota se convierte en recio roble si la tierra la acoge en sus entrañas, si se deja penetrar por sus raíces y si le concede tiempo para alzarse en largo proceso de inviernos y primaveras, de veranos y otoños. Así la comunidad crece cuando es acogida como don y es trabajada como ideal.

No cualquier forma de convivencia constituye vida de comunidad. Hay comunidades que no pasan de ser un agregado de personas solitarias, tal vez muy trabajadoras para narcotizar ese sentimiento de soltería. Hay comunidades en las que los individuos no se sienten escuchados en sus necesidades personales y se ven sometidas a las manipulaciones de personas autoritarias o de la institución sacralizada.

Arrojados de nuestras fortalezas institucionales propias de los tiempos de cristiandad, nos vemos ahora abocados a demostrarnos a nosotros mismos que la Vida Religiosa es válida por sí misma, que es capaz de generar plenitud humanizadora y creyente.

Nacida en una experiencia fundante en la que Dios se presenta como lo único que puede colmar las aspiraciones de plenitud y de sentido, el proyecto de Vida Religiosa se sostiene si dilata a diario su corazón para acoger el don de ser constituidos en hijos y para entregarnos a la tarea de construir una fraternidad solidaria.

Cuando la vocación a vivir en comunidad alcanza una cierta madurez, es percibida como un gran don y, a la vez, como la gran tarea. En esa dialéctica entre acoger el don y afanarse en la tarea por construir comunión es donde se despliega la vocación a la Vida Religiosa.

Ante todo es percibida como don:

– Primero, porque los hermanos me los da el Señor, no soy yo quien los conquista.

– Segundo, porque son los hermanos los que me acogen, y no yo quien viene a socorrerlos.

– Y, tercero, porque, a la larga, descubro que en la fraternidad yo siempre recibo de los demás mucho más de lo que doy.

Pero es también la gran tarea. Y como tal pone a prueba mi verdad y mis límites a la hora de empeñarme en hacer realidad la utopía de la fraternidad.

Los hermanos son un don, porque han nacido de Dios y porque él me los da para compartir con ellos el proyecto del Reino: vivir como hijos y hermanos. Porque Él nos amó primero como hijos, podemos amarnos nosotros como hermanos (1 Jn 4,19). Al contemplarlos desde Dios, amados por Él, consigo reconocerlos como hijos y hermanos. “Amigos míos, si Dios nos ha amado tanto, es deber nuestro amarnos unos a otros” (1Jn 4,11). Los hermanos no nacen en mí, como los amigos: por afinidad de gustos, simpatías o intereses comunes. Nuestra comunidad se fundamenta y brota del corazón del Padre, que se ha fijado en cada uno de nosotros, para constituirnos en hijos y con-vocarnos en una familia de hermanos. Sólo a Él se le ha ocurrido tomar la decisión de hacernos su hijos (Ef 1,5; Rom 8,29; 1 Jn 3,1) para agregarnos a la comunidad de los salvados (Hch 2,47). Francisco de Asís tuvo siempre muy claro que todos aquellos hombres y mujeres, que venían a él para compartir su proyecto de Evangelio, no venían porque los había seducido él, sino porque habían nacido de Dios y porque era el Señor quien se los enviaba. Como nos dice en su testamento, pudo tener una fraternidad sólo “cuando el Señor me dio hermanos…” (san Francisco, Testamento, 14)

La comunidad necesita mirarse en Dios para entenderse a sí misma. Y es que Dios mismo es comunidad y, por ello, criterio de toda comunidad. Nuestro Dios no es un Dios solitario, no es la santidad del Uno ensimismado: es misterio de comunión, es relación de personas, es el encuentro de comunión del amor del Padre al Hijo en el Espíritu. Estar hechos a imagen de Dios (Gn 1,17) significa que estamos hechos para la comunión y que nuestra plenitud consiste en avanzar hacia la vida de comunión. No se entra a formar parte de una comunidad religiosa para vivir no sabemos qué exigencia ético/moral más elevada. La vida de comunidad busca realizarse según el ser mismo del Dios-Comunidad. La santidad de Dios se nos manifiesta como un amor que genera comunión. Por eso, nuestra santidad no se confronta con unas normas morales sino con lo que nos revela el Dios-comunión: “Sed santos como Dios es Santo” (Lev 19,2; Mt, 5,48). Nuestra vida es santa si genera comunión.

Pero la comunidad, que es don de Dios, es al mismo tiempo tarea de los hermanos. La comunidad se sostiene en pie si avanza en equilibrio inestable. Nuestra comunión es siempre incipiente, está siempre amenazada y se deteriora fácilmente por estar atravesada de tendencias contrapuestas. Por eso, la comunidad sobrevive únicamente si se la trabaja día a día.

Es cierto que la fraternidad se construye y avanza tan sólo si los hermanos llegan a contemplarse unos a otros mirados/amados por Dios. Pero sabemos muy bien que el ser Hijos no anula sin más las barricadas que levantamos a diario con nuestras resistencias narcisistas, con nuestras diferencias ideológicas y sicológicas, con nuestras ambiciones compulsivas, con nuestras diferencias de gustos, de sensibilidad, de mentalidad, de carácter, con nuestras formas dispares de interpretar la realidad, de entender y utilizar el poder… El ser distintos hace que la convivencia conlleve conflictos. Pero debemos llegar a una compresión de estos conflictos no como amenazas, sino como materia prima de donde poder sacar los sillares con que elevar la fraternidad. Todo conflicto se convierte en una ocasión de crecimiento si los hermanos se deciden, bajo la mirada del Padre y la acción del Espíritu, a construir la casa común en torno al Señor Jesús, el único arquitecto de la fraternidad. Para ello hay que poner manos a la obra y estar dispuestos a dar lo mejor que cada uno lleva dentro: fe, calidad de comunicación, acogida mutua, pertenencia, recursos que las ciencias humanas ponen a nuestro alcance, tiempo, energías, corazón, voluntad de verdad y de gratuidad… Así se puede avanzar hacia el encuentro de comunión.

A pesar de todo, el encuentro de comunión, por ser don de Dios y gracia que me concede el hermano, seguirá siendo algo que no podemos controlar: es gratuito. Nace y crece en libertad. Por eso la vida de comunidad experimenta las mismas vicisitudes y riesgos que la persona misma: avanza, se resiste, retrocede, está expuesta a la traición y a la infidelidad, sufre, madura, busca, espera, se reconcilia, se entrega… Y por eso, lo primero que exige es comprometer la propia libertad…

La vida en fraternidad es un arte difícil y seductor a la vez: es nada menos que la realización de la utopía del Reino.

Sin verdadera voluntad de avanzar hacia el encuentro de comunión no existe vocación a la Vida Religiosa, por más que uno lleve en ella decenas de años.

La vida fraterna, como tarea, se convierte entonces en un éxodo permanente, en una llamada a salir de uno mismo para acoger el don, a descentrarse del narcisismo que lo invade todo, a crecer en sensibilidad para caminar hacia el encuentro del hermano.

El encuentro de comunión es nuestra tierra prometida: don y tarea. La vida de comunidad aparece entonces como vocación que encierra esta tensión: acoger y celebrar el don del amor gratuito del Padre y de los hermanos y afanarse en la tarea de construir fraternidad ejerciendo mi paternidad en ella.

No basta disfrutar del don de los hermanos. No basta ser “consumidor” de comunidad, sentirme acogido y salvado por ella cuando me siento perdido, desorientado, desconsolado, cuando reconozco, incluso, que he pecado contra los hermanos/as. Es preciso asumir la responsabilidad y la iniciativa de construir cada día mi fraternidad. Es preciso que yo practique la “paternidad/maternidad”, sintiéndome responsable de los hermanos, agudizando la sensibilidad para descubrir sus necesidades no satisfechas, sus problemas y los problemas que yo creo en ella. La “paternidad/maternidad”, que mira por el crecimiento de los hermanos, todo lo contrario del “paternalismo”, no es responsabilidad exclusiva del superior sino de cada hermano/a. La vida de comunidad alcanza entonces plenitud de sentido como vocación: escuchar la llamada para dejarme cuidar por Dios y por los hermanos y para cuidar yo de ellos.

2. Comunidad como tensión entre autonomía/interdependencia. Su fruto: sentido de pertenencia

Autonomía/interdependencia es una de las tensiones básicas y más poderosas de la vida humana. Por una lado está el deseo de “vivir a mi aire”, de “independencia”, de que me “dejen de problemas”, que “más vale vivir sólo que mal acompañado”. Pero por otro, está la necesidad de “ser acogido”, de “tener una familia”, de “sentirse acompañado” y de no andar errante “como lobo estepario”, sin tener nadie que le espera ni con quién compartir la mesa, el hogar, las horas de la noche, la intimidad, un proyecto de vida… Por un lado todos necesitamos ser nosotros mismos, afirmarnos ante los otros como distintos e insustituibles, autónomos y libres, para satisfacer nuestros deseos más personales, para hacer de nosotros lo que nosotros mismos hemos escogido ser. Es la vocación y la aventura de la libertad: pertenecernos a nosotros mismos como la propiedad radical, vivir la aventura de ser uno mismo desde sí mismo, arriesgar la propia vida, construir la propia historia.

Pero junto a esta necesidad básica de “ser uno mismo desde sí mismo”, aparece la necesidad de entrar en relaciones vivas con otras personas, descentrarnos de nosotros mismos para dejarnos salvar por los otros. Es la necesidad de salir de la propia soledad para encontrarse a sí mismo de forma nueva y plenificada en el otro. Como nos dice M. Buber, “Toda vida verdadera es encuentro… Yo llego a ser en el Tú”.2 ”El individuo es un hecho de la existencia en la medida en que entra en relaciones vivas con otros individuos… el hecho fundamental de la existencia humana es el hombre con el hombre”.3

Y no sólo en el encuentro individual con otro tú, sino con otros tús que forman una comunidad: la persona tiene la necesidad de pertenecer de modo estable a algún tipo de asociación humana, de tener cierto poder de decisión dentro de ella y de sentirse querido y valorado por sus miembros.

Aquí surge la tensión: por un lado necesito afirmarme a mí mismo, garantizar mi autonomía, el poder ser yo mismo dentro de un espacio propio. Por otro, la necesidad de pertenecer a un grupo humano en el que se me valore, se me reconozca y se me quiera. Surge así el inevitable conflicto o tensión entre el individuo y el grupo, entre la persona y la institución, entre la subjetividad libre, la norma, la organización y la institución: entre yo y tú, entre yo y los otros. Entre ser yo siendo desde el Otro.

Pero esta tensión no se resuelve eliminando uno de los polos de la relación, para centrarse sólo en lo individual, como parece pretender E. Drewermann en su obra llena de interés4, y que Domínguez Morano ha sabido evidenciar5. La sanación del individuo no se logra curvándose narcisísticamente sobre sí mismo, sobre sus vacíos y necesidades, sino emprendiendo el éxodo desde sí mismo hacia los otros.

Este conflicto se resuelve cuando la persona, siendo fiel a sí misma, logra identificarse con los valores que fundan y conexionan un grupo. Entonces la persona se encuentra a sí misma en un nuevo nivel existencial al encontrarse en aquellos valores, actitudes y horizonte vital de significaciones que dan identidad y razón de ser a un grupo humano: es decir, cuando uno ha encontrado su grupo de referencia, cuando la persona se encuentra a sí misma en estos valores y actitudes existenciales y los comparte con otros. De esa forma la persona inicia un primer éxodo de liberación paradójico: al salir hacia esos valores se reencuentra a sí mismo a un nivel existencial más rico y con poder de dar sentido a sus existencia, a su ser y quehacer.

Ahora bien, al identificarse con esos valores de un determinado grupo, se inicia un proceso de identificación, afecto y adhesión progresiva a las personas de ese grupo de modo que yo me voy sintiendo implicado con la suerte de cada una de esas personas: es el sentido de pertenencia y de destino común.

Cuando una persona va madurando su proceso de pertenencia va alcanzando paradójicamente un nivel más alto de personalización. Si, en cambio, uno no avanza en referencia y en pertenencia a su comunidad su proceso de personalización se estanca y entra en crisis.

La comunidad religiosa está llamada a ser el grupo de referencia y de pertenencia en la que se resuelve esta tensión.

Hay que desconfiar de las ideologías del amor fraterno abstracto. Solo puedo hablar de experiencia de fraternidad cuando he compartido mi vocación y he arriesgado con ellos mi intimidad, cuando he sufrido y gozado con mis hermanos, cuando intento aceptarlos con sus manías, cuando crezco en fidelidad a ellos, cuando llego a esperar con ellos contra toda esperanza. Tras haber sufrido y gozado en mi comunidad encuentro la solución a esta tensión autonomía/interdependencia: descubro que, sin los hermanos que Dios me ha dado, mi proyecto evangélico de vida no tiene sentido. Descubro que la resolución de esa tensión es la prueba de que Dios me va salvando y que eso es ya mi primera actividad misionera en el mundo.

Como dice J. Garrido, “Ahora, por fin, por milagro estricto de la Gracia, conozco el amor desinteresado, que no depende de la gratificación inmediata en el convivir, ni de la eficacia de las tareas comunes, ni siquiera de nuestro futuro institucional. Basta el ser hermanos en el amor”.6

De esta forma vamos resolviendo las paradojas de la vida comunitaria y acontece el prodigio de ir pasando de vivir “para sí”:

– a vivir cada vez más “para los otros”

– a armonizar la dialéctica entre lo personal y lo comunitario.

– a integrar la autonomía con la pertenencia como algo plenificante.

– a asumir las diferencias con paz, como algo constitutivo de todo vivir en comunidad.

– a aceptar al otro como es y darle tiempo para que crezca en libertad.

– a descubrir que yo puedo ser motivo de alegría o de sufrimiento para mis hermanos y que eso, en parte, depende de mí.

El amor es la resolución paradójica de esta tensión: cuanto más consigo dejarme interpelar por los hermanos, con más claridad puedo experimentar que se realiza en mí lo mejor de mí mismo.

1D. BONHOEFFER: Vida en comunidad. La aurora, Buenos Aires 18.

2M. BUBER, Yo y Tú, Caparrós, Madrid 1993, p. 17.

3M.BUBER: Qué es el hombre, Fondo de cultura , Madrid 1976, p 148.

4E. DREWERMANN, Clérigos. Psicología de un ideal, Trotta, Madrid,1995.

5C. DOMINGUEZ MORANO, GONZALEZ FAUS, A. TORRES QUEIRUGA:”Clérigos a debate”, PPC, Madrid 1996, pp 121-125.

6J. GARRIDO: Comunidad y personalización, FRONTERA nº 7, Instituto vida religiosa, Vitoria, 1994, 42.

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Informativo CIRM

Una publicación de la Conferencia de Superiores Mayores Religiosos de México

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