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Noviembre 2016

¿Qué será de la casa común?

La Carta encíclica Laudato Si' tiene una clara intención. Es un llamado a la sensatez. Y todos debemos sentirnos aludidos

Casualmente en estos días que me disponía a escribir algunas palabras acerca de la Carta encíclica del Papa Francisco Laudato Si’, me encontré con un artículo de Manuel Romero Jiménez, TOR, publicado en la revista Vida Religiosa de octubre de 2015, donde hace un excelente resumen de la misma, y que responde al nombre de Laudato si’… mi Signore. Así que, como yo no podría hacer algo mejor, pensé en recomendarles esa breve lectura y, consecuentemente, eso sí, dirigir mis pasos por otros senderos…

Que me llevaron al siglo XIII, cuando nuestro padre san Francisco de Asís cantaba “con el balbuciente romance italiano de Umbría, que podían entender las gentes sencillas del pueblo…: Altísimo, omnipotente, buen Señor… Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas…”. El poverello, como bellamente ha escrito de él el papa, “amaba y era amado por su alegría, su entrega generosa, su corazón universal. Era un místico y un peregrino que vivía con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo”. Cantaba y, de muchas maneras sigue haciéndolo al ser fuente de inspiración para que los hombres, aún los de este lejano siglo XXI no sólo pongan música a sus letras, sino para que el Papa Francisco -que para esto del nombre también se entusiasmó con el seráfico- haya escrito su Carta encíclica Alabado seas. Pero, sobre todo, para que siguiendo sus huellas podamos tomar dolorosa conciencia, atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo.

A fe mía que a ustedes les ha sucedido lo mismo que al abajo firmante, recordar frases como esta: “Siempre estaba con semblante alborozado y risueño, a no ser cuando se encontraba afectado por la compasión de alguna pena del prójimo”. O esta otra, “todos los hombres cabían en la inmensa caridad de su corazón, y, amándolos a todos, de todos era amado”. En efecto, ¿qué dominico al escuchar hablar del siglo trece no piensa inmediatamente en su padre santo Domingo de Guzmán? Yo no soy la excepción. Así que vino a mi mente y corazón su nombre. Pero, además, aquellas palabras tan suyas -y tan nuestras, ¡cómo no!- que exclamaba, según el testimonio de Guillermo Peyronnet, cuando orando al Altísimo se lamentaba diciendo: Señor, ten misericordia de tu pueblo, ¿qué será de los pecadores?

Padre santo Domingo que bien encaja ahora esa tu aflicción, según Francisco -no el de Asís, sino el de Roma-, pues, ¿qué será de “la casa común”?

Quizá, habría que comenzar, evidentemente, por entender que si hablamos de “nuestra casa común”, es porque antes hemos creído que “somos una sola familia humana”. Pero si somos una familia, no se puede comprender, y menos aún, aceptar, que en casa sólo algunos coman y otros no; algunos -la mayoría- carezcan de lo más elemental y otros derrochen sin más vergüenza que no tener más manos para continuar acaparando. Unos tengan derechos (al dispendio desmedido, a las exclusivísimas urbanizaciones, por ejemplo) y otros solamente necesidades insatisfechas (pan, vestido, salud, educación, trabajo, tierra, y no sólo por ejemplo, sino por desgracia).

Cierto es que el Papa Francisco con su Carta encíclica no nos descubrió América, pero, sí que nos ha apremiado a reflexionar y dar solución a tan grave, no pequeña, sino grave cuestión.

En México atravesamos por muchos y difíciles problemas. No me detendré a presentarles un elenco de ellos -agotaría el espacio con que cuento-. No obstante, al leer el documento pienso que cualquiera ha podido identificar con claridad algunas de las causas que los originan. Y, en efecto, si de algo sabemos en mi país es de corrupción, mentiras y otras linduras en las que tampoco me detendré a hacer un catálogo, pero que sin duda alguna subyacen en las crisis que como parte de la “familia humana” hemos compartido aquí desde aquéllos mis más lejanos recuerdos de infancia…

Además, hay otro dato que no deseo soslayar y que añado a las “causas”, esto es, nuestras incongruencias o nuestro “surrealismo” (expresión de un cineasta que asistió a un festival de cine de terror realizado recientemente en la ciudad de Puebla): México es mayoritariamente cristiano (según el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática: católicos 82.7%; protestantes y otras confesiones cristianas 7.5%), es decir, más de cien millones de personas. Se dice y se escribe rápido, pero, si como afirma el papa “las convicciones de la fe ofrecen a los cristianos grandes motivaciones” para buscar el bien común, entonces cabría preguntarse, ¿qué es lo que no acabamos de inferir más de cien millones de personas que compartimos la fe en Jesucristo? O, peor aún, acaso no se trata de “preguntar”, sino de afirmar que ya no son tan fuertes esas convicciones.

Por otra parte, esto que acabo de decir contrasta con lo que se vive, un día sí y al otro también, respecto a la cantidad de manifestaciones (multitudinarias algunas de ellas) que excesivos y variados grupos sociales llevan a cabo en nuestro país (creo que esto tampoco es ajeno a la realidad de ustedes). Hasta el hartazgo. Y que quizá podrían estar hablando, al menos, aparentemente, de esas “convicciones” que nos llevan a tolerar las consecuencias que producen (violencia, por ejemplo) y desde luego, en las que podemos incluir la contaminación ambiental (humo, basura, ruido), y, que en esos momentos a muy pocos parece importarle. De verdad, ¿en todo esto estarán presentes siempre nuestras motivaciones, intuiciones y convicciones cristianas?

Ya digo que aquí se protesta por todo -o casi todo, que no quiero ser exagerado-. Y es que, verán, en la variopinta sociedad mexicana, particularmente en algunos sectores no sólo estamos decididos a hacernos oír, a que se nos haga justicia, a expresarnos libremente, a que se respete nuestra dignidad, a ser solidarios con los más desfavorecidos, etc. Todo como Dios manda y la razón lo exige. Sino a vivir en paz (“que nadie se meta conmigo”), a ser incluyentes (“yo elijo”), poderosos (“ordeno y mando”), etc. Eso sí, todo con “absoluta transparencia” (alardean nuestros políticos) como los países más modernos y democráticos lo exigen. ¡Faltaba más!

Una moda, en mi opinión, es la demanda del maltrato a los animales: que si los perros, que si los toros, que si los cerditos (yo creo que por aquello del jamón que a algunos les sienta como un tiro). En efecto, qué bien está que se defienda “el valor propio” de todas las criaturas del Señor, ¡de todas! Pero, como lo afirma claramente el documento papal hay que escuchar tanto el clamor de la tierra -perritos, toros, cerditos y demás encantadores entes- como el clamor de los pobres -niños, mujeres, ancianos, migrantes, homosexuales, estudiantes, obreros, campesinos, etc., que por cierto, para muchos ya no son tan encantadores-.

A este respecto, los creyentes no podemos cometer el error de relativizar el llamado que el Papa Francisco nos está haciendo y que al fin y al cabo se contiene en la Verdad de la Sagrada Escritura: Dios creó a la mujer y al hombre a su imagen y semejanza. Asimismo, la mujer y el hombre están llamados a la manifestación del Reino de Dios en el seguimiento de Jesús, el hombre perfecto. Por eso, en primer lugar, la persona humana reconoce que ante todas las demás criaturas, ella posee un valor muy particular porque se le ha otorgado de lo alto. No se la ha creado ella misma. Y, por eso, en segundo lugar, si Dios nos ha puesto en el mundo, es para hacernos responsables de él, así como hijos y herederos suyos que somos. No hay superior razón, pues, para confundir y menos aún, para destruir nuestra dignidad.

Renglones arriba hacía mención de la cantidad incontable de protestas y marchas que en México se realizan, particularmente en la capital del país. Algunas, a buen seguro, muy justas y lamentables por su origen. Pero, otras ciertamente cuestionables y hasta reprobables por sus consecuencias, ya lo mencionaba. Voy a citar un hecho.

Hace pocos días era noticia en algunos diarios, internet y tv el hecho que en un jardín público e importante de la Ciudad de México alguna persona estaba envenenando impune e impúdicamente a los perros que sus dueños o empleados -tan propios todos ellos- llevaban a pasear. ¡Qué vileza! ¡Hay que acabar con ese -o esa- desalmada persona! ¡Sí, persona!, que de ninguna manera se la puede llamar bestia ni de otra guisa semejante…

Pues bien, transcurrían todos esos días tan desapacibles cuando a una desafortunada mujer de 65 años, vecina del lugar, se le ocurrió expresar ante unos impresentables “testigos” (acaso ¿serían miembros de la gendarmería nacional disfrazados de vendedora la una y deportista el otro?) que por azares de la vida compartían con ella los sagrados alimentos en algún puesto callejero (partículas orgánicas incluidas y flotando en el ambiente), que ella los mataría gustosa, porque la cantidad de heces -a éstas todavía les llevaría un tiempo aprender a suspenderse en el aire- que había de sortear al caminar por las calzadas del parque era intolerable y no sólo eso, sino peligroso. Imagínense ustedes un resbalón. O tener que salir del andador para dar paso a las “perrerías” (dicho en el más amplio de sus sentidos) que de repente la estaban plantando cara. Porque, verán señor y señora, las criaturitas vestirán de “Prada”, pero no saben que éste es un lugar público en el que hasta hace poco tiempo todas las personas mujeres, hombres, ancianos, niños podían pasear, no sólo las mascotas.

No había llegado el sol hasta su ocaso cuando la policía hacía acto de presencia en casa de la sospechosa para presentarla ante el juez, ¡cómo no! Mira que, si aquí te pillo, aquí te mato (es un decir, señora)… Desde luego, catearon su vivienda para tratar de encontrar evidencias que pudieran, mínimamente, ayudar a la “autoridad” y a los indignados ciudadanos a demostrar su execrable culpa.

El fin de esta historia fue la exoneración del delito a la sexagenaria señora y, por supuesto, el acostumbrado “usted perdone” (pero, ¡ándese con mucho cuidado!).

¿Qué será de los pecadores? Huelga decir que la expresión de nuestro padre santo Domingo no fue un lamento desesperado y tampoco condenatorio. Pero profético, sí. Esa intuición suya fue una manifestación de solidaridad con todos los seres humanos que hemos perdido el rumbo en lo ético, que hemos desdibujado nuestra dignidad a fuerza de inequidades e iniquidades, a fuerza de una demente exaltación de nuestro egoísmo. Qué duda cabe que, como tan bellamente lo escribe el Papa, sólo “hace falta volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos”.

La Carta encíclica Laudato Si’ tiene una clara intención. Es un llamado a la sensatez. Y todos debemos sentirnos aludidos. Quizá particularmente aquellos que oteando el horizonte esperamos ver un cielo nuevo y una tierra en los que habitará “la integridad de la vida humana”.

Es un tópico decir que todos queremos vivir bien, que todos queremos ser felices. Pero, en efecto, no a todos se nos han dado esas “múltiples posibilidades en la vida” de las que habla la carta. No sólo el de la fe en Jesucristo, por ejemplo. Tampoco las posibilidades económicas. Sé que no todos -¿la mayoría de los católicos mexicanos?- tienen la posibilidad y el interés -mal que me pese decirlo- de comprar un ejemplar del documento. ¿En cuántos hogares de nuestros pueblos o ciudades habrá uno? ¿Cuántas reproducciones o copias se han repartido gratuitamente entre la población más pobre para que lo conozcan? ¿Cuántos cursos o debates se han llevado a cabo entre esta población? ¿Cuántos docentes han pensado en incluir la Carta encíclica entre sus textos?

A este respecto, es satisfactorio constatar cómo en algunos sitios se ha convocado para difundir la importancia del documento papal a través de conferencias, coloquios, mesas redondas. Pero, no podemos ignorar que es mucha más la gente que continúa sin conocerlo, no obstante los diversos esfuerzos que se han hecho y siguen haciéndose. Por eso, y ante tantas inquietudes, ante tantas dudas me pregunto: ¿A qué, y cómo estamos dispuestos seriamente a contribuir para que el mensaje del Papa se divulgue?

¿Qué será de los pecadores? ¿Qué será de “la casa común”? Hemos sido testigos de cómo el Obispo de Roma en estos últimos tres años nos ha hablado de la alegría de la Vida Consagrada; desde luego, de la armonía de la creación entera. Y, mira por dónde, próximamente -8 de diciembre- nos dispondremos para dar inicio al Año Santo de la Misericordia.

Creo que no habría podido dar mejor conclusión a mi reflexión que traer a estas páginas las palabras de Francisco que en la bula de convocación del jubileo extraordinario nos apremia: “La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre… Donde quiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia” (N° 12).

Sí, Francisco, cualquiera como bien lo cantaste: el hermano sol, la hermana luna y las estrellas, el hermano viento y el aire, la hermana agua, el hermano fuego, nuestra hermana la madre tierra… en fin, todas las criaturas, insertado en un lugar muy especial de nuestro corazón el hermano y la hermana que perdonan por tu amor, Altísimo, omnipotente, buen Señor…

Dicen los expertos en estos temas de ecología que todavía estamos a tiempo para revertir el daño que se ha hecho al planeta. Los creyentes en Dios afirmamos que Él todo lo puede, que Él, que es rico en piedad y misericordia “arrancará en este monte el velo que cubre el rostro de todos los pueblos, el paño que oscurece a todas las naciones. Destruirá la muerte para siempre… porque así lo ha dicho el Señor” (Is 25, 6. 7-9).

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