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Febrero 2017

Ve a sentarte en el último puesto (Lc 14,7-14)

Isingrini Virginia, mmx

El relato del Evangelio que meditamos hoy es una escena rodada en vivo. Jesús es invitado a un banquete por un jefe de los fariseos. La gente lo mira, lo escudriña, en busca de una frase, de una actitud que traicione su corazón. En realidad es Jesús quien los observa a ellos, y como un director de cine muy experto detiene la cámara sobre su búsqueda frenética de los primeros lugares. La parábola que narra ante esta escena no quiere enfatizar una norma de urbanidad, sino poner de manifiesto esta ansia antigua que todo corazón humano alberga. No están en juego los sillones de las primeras filas. Se puede escoger el primer lugar aun sentándose en la última silla. La búsqueda de los primeros asientos atañe ante todo el corazón y no el tipo de silla. Escoger los primeros puestos significa ponerse a sí mismo por encima de todo y de todos. Aquí está en juego quiénes somos ante los demás y quién es Dios para nosotros. Y si el hombre cree ocupar el lugar de Dios, tendrá que enfrentarse también con la debilidad, es decir, con el último lugar. Porque es allí donde lo encontramos.

El contexto de la parábola es un banquete de bodas, una imagen que Jesús usa frecuentemente cuando quiere describir el misterio del Reino de los Cielos. Las bodas son la fiesta del amor, de la vida que se perpetúa, de la reciprocidad. Quien es invitado tiene el privilegio de compartir el gozo de los novios. Pero las bodas son también una ocasión para exhibir prendas nuevas, joyas y cuanto más. Antaño, quizá mucho más que hoy, eran una manera para medir la importancia de los invitados que, según el lugar que ocupaban, demostraban el grado de parentesco con los novios y su peso social. Y bien, los invitados de la parábola están convencidos de que tienen el derecho de sentarse en los asientos de honor, de tener todas las prerrogativas para ser admitidos al Reino. Abajo de todo esto está la presunción de ser justos, presunción a la que Lucas es muy sensible. Esta actitud no sólo desvirtúa la relación con Dios, sino también con los demás: de ella nacen las pretensiones, las ambiciones jerárquicas, los juicios cortantes.

Sucede que durante el banquete llegan unos invitados más destacados y el esposo pide a los que llegaron primero que vayan a sentarse en los últimos lugares. Jesús hace notar que también en la lógica mundana se corre siempre el riesgo de ser derrocados del trono. La historia ha visto rodar muchas cabezas por los caminos de la gloria.

Jesús dice a estas personas que se avergüencen, es decir, que tengan el sentido de los propios límites. Es una amonestación que Jesús dirige a los discípulos, a los justos, a aquellos que de alguna manera se sentían con el derecho de entrar en el reino. Baste pensar en uno de los últimos banquetes que tuvo con ellos. Precisamente ahí, en un momento de gozo y fraternidad, estando ya en vísperas de la pasión, se desató una discusión acerca de quién era el más grande entre ellos. Este afán, que vemos con tanta claridad en los demás, nos carcome a todos. Es suficiente tener entre las manos el control de la tele para provocar un conflicto. Y si la lucha que se desencadena por cosas banales es ridícula, en cambio se torna dramática por cosas de prestigio.

Pero junto a la amonestación viene la exhortación: “Cuando te inviten, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, sube más arriba’”. No se trata de astucia, de una falsa humildad para volcar la situación en nuestro favor. Sería algo peor que la soberbia. Nos ponemos en el último puesto porque ahí encontramos al Señor. Él, aun siendo de naturaleza divina, no consideró un tesoro precioso su igualdad con Dios, sino que se despojó de sí mismo e hizo suya nuestra miseria.

Nosotros creemos ingenuamente que aquel sentido de impotencia, de falta de valor que nos hiere desde los primeros momentos de nuestra vida, será aplacado por la apariencia, por el tener más, por la primacía sobre el otro. Mientras que, a la larga, nos destroza a nosotros y a los demás. En lugar de apaciguarse se recrudece cada vez más. Y bien, ante esta sed hiriente que nos amenaza a todos, Jesús nos dice: “Ponte en el último lugar. Ahí descubrirá quién eres en verdad, descubrirás que la debilidad sólo puede ser vencida por la misericordia. Ahí sabrás que eres amado porque eres un pobre diablo, y no porque eres bueno”.

Finalmente, en aquel día, Él nos dirá también: “Amigo, sube más arriba”. Nos llamará “amigos”, porque desde aquel último lugar pudimos mirarnos a nosotros mismos y al mundo con sus ojos. Comenzaremos al fin a entender, a entrar en su corazón, en aquel corazón que se dejó traspasar por el amor hacia quien estaba perdido, hacia quien se había ido lejos, hacia quién lo había ultrajado y rechazado: es decir, nosotros.

Esta es la razón por la que Jesús se dirige al que lo había invitado. Lo exhorta a llamar a su banquete a los pobres, los lisiados, los cojos, los ciegos, el lastre de la sociedad. Eran los excluidos del culto y de la mesa del rey, así como hizo también David cuando conquistó Jerusalén. Si aquel dueño de casa no hace la experiencia de no recibir nada a cambio, ni siquiera un “gracias”, nunca podrá entender la gratuidad ni sentir lo que siente Dios cuando nos ama. Porque somos nosotros los cojos y los ciegos invitados al banquete de la misericordia, incapaces de ofrecer algún presente que pague el don de la vida y de la salvación.

Jesús piensa también en su comunidad: se la imagina como un lugar de acogida para todos, especialmente los excluidos. Ya lo había dicho en el sermón de la montaña: “si aman a los que los aman, ¿qué mérito tendrán?” También los ateos hacen lo mismo. Hay la bienaventuranza de quien es pobre, pero también la de quien sabe transformar sus bienes en ocasión de acogida, especialmente de quien es dueño únicamente de sus pecados: “serás dichoso, pues se te recompensará en la resurrección de los muertos”, concluye Jesús.

En un mundo donde todo se vuelve comercio, donde el “te doy para que me des” es la norma que rige muchas relaciones, es una muy buena noticia saber que Dios piensa exactamente el contrario.

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Informativo CIRM

Una publicación de la Conferencia de Superiores Mayores Religiosos de México

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