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Abril 2017

El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío

Jesús acaba de salir de la casa de uno de los jefes de los fariseos ((Lc 14,25-33). Durante el banquete no han faltado palabras duras y decisivas. Reemprendiendo el camino se da cuenta de que muchos lo siguen y se voltea para mirarlos. No se trata de una simple anotación de crónica. En aquel voltearse de Jesús está presente toda su compasión por ellos. Él lo había repetido muchas veces que no había venido para sí mismo sino para nosotros. Desde entonces Jesús no deja de voltearse hacia las muchedumbres cansadas y vejadas de este mundo. Las de ayer y las de hoy. El suyo es un voltearse serio, como serio es su amor por nosotros. Él ha tomado en serio a cada uno de nosotros, hasta dar la vida. Y pretende seriedad en el seguimiento: «Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su  madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío».

Jesús invita al discípulo a cortar todos los vínculos, hasta los que tiene consigo mismo. La invitación se dirige a la gente, es decir, a todos nosotros. Lucas es muy minucioso e insistente en describir los lazos que se han de romper. Además conserva en toda su dureza el verbo misein, es decir, «odiar». Mateo, en cambio, traduce justamente con «preferir». Es cierto que se trata de expresiones que se han de comprender en el contexto lingüístico semita, que carece del comparativo relativo, razón por la cual la esencia de la frase «amar menos» se convierte casi automáticamente en «odiar». Esta es la interpretación común de la frase. Con todo, no debemos neutralizar demasiado pronto la expresión «odiar». La pretensión de Jesús queda en toda su radicalidad y es difícil de digerir. Una interpretación simplemente ética del término (rechazo del mandamiento del amor, o bien, crítica hacia el cuarto mandamiento) no capta la esencia de la petición evangélica. Jesús y su Reino exigen la anulación de todos los criterios de vida que eran válidos hasta entonces, para crear unos  nuevos. Es a partir de la opción radical por Jesús que han de nacer todas las demás relaciones, también las familiares. Quien quisiera poner el amor del Señor a la par con los demás afectos, no amaría en serio a ninguno de los dos. Es preciso que el amor del Señor esté en el primer lugar, siempre: es ésta la sustancia del relato.

No se trata solamente de subordinar las relaciones familiares al amor de Jesús, ni tampoco es suficiente un genérico desapego de uno mismo: el ejemplo de Jesús, que siempre está en el trasfondo de los relatos de seguimiento, es mucho más concreto y preciso. Hay que estar dispuestos a cargar con la cruz, es decir, dispuestos al sacrificio total y efectivo de sí mismo. Esto corresponde al amar a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas, con toda la mente y al prójimo como a uno mismo.

Pero, llegados a este punto, quien quiera tomar en serio estas palabras, quien quiera en verdad seguir al Señor, no puede no preguntarse: ¿quién es capaz de lograrlo?, ¿quién consigue poner siempre en el primer lugar el amor de Dios?, ¿quién está dispuesto a amar a los demás hasta el don total de sí? ¿No será, entonces, que la primera y fundamental condición para ser sus discípulos es reconocer la propia incapacidad de responder a estas peticiones?

Seguir al Señor es ante todo un don de su gracia y no el fruto de un cualquier esfuerzo ascético. He aquí por qué inmediatamente después Jesús presenta la comparación con la torre a construir. Invita así al discípulo a sentarse y reflexionar, antes de lanzarse a la aventura del seguimiento. Esta es la única vez que Jesús pide al discípulo que se siente. Por lo general, exige lo contrario. Pero aquí está en juego el sentido de todo el Evangelio. No es algo que tomar a la ligera: siéntate, piensa y pondera si eres capaz de construir una torre. Si eres honesto tienes que concluir que no estás a la altura. Ya habían intentado al comienzo de la historia sacra escalar el cielo y los resultados fueron desastrosos. Nadie puede salvarse solo, como nadie logra sacarse del agua tironeándose por el cabello. Si no nos hemos dado la vida, mucho menos somos capaces de volverla inmortal. Es el mínimo de sentido común que se necesita para vivir.

La segunda comparación es la de un rey que, con apenas diez mil hombres, debe decidir si atacar al enemigo que cuenta con veinte mil. Es obvio que la respuesta es «no». De hecho aquel rey astuto mandó unos embajadores a pedir la paz. Mejor una noble componenda que una derrota vergonzosa. Sin embargo, toda la historia de la salvación ha caminado con los pies de los desventajados, de los débiles. Entre muchos ejemplos, viene a la mente el de Gedeón, cuando tenía que atacar a los Madianitas. Oyó la voz del Señor que le decía: «Son ustedes demasiado numerosos para vencer». Y después de diferentes pruebas, su ejército quedó reducido a apenas trescientos hombres. Solamente entonces Dios le dijo que los salvaría y que pondría a los enemigos en sus manos. Y así fue.

También hoy el Señor nos dice: tienes demasiadas cosas para que ganes. Renuncia a lo que tienes, a tus méritos, a tu dinero, a tus amistades y conexiones en los altos niveles de la Iglesia o de la sociedad. Tu fuerza es la debilidad.

El discípulo tiene que saber que está siempre tentado de usar las armas del enemigo para ser más fuerte que él, pero, haciéndolo así, terminará por ser aplastado. Lo único que debemos dar a los demás es nuestra pobreza, y la pobreza es el rostro concreto del amor: quien ama entrega todo lo que es. A Dios sólo podemos ofrecerle nuestro corazón partido.

El discípulo tiene que llegar a decir que no le es posible seguir al Señor a las condiciones que él ha puesto. Es el primer don de la gracia sin el cual es imposible el seguimiento. Es el vestido nupcial que permite entrar al banquete del rey. Es la experiencia de María, que no duda en decir al ángel que no tiene las condiciones para ser madre del Altísimo. Y luego Dios hará en ella grandes cosas, narradas de generación en generación.

Ésta es la única sabiduría que el cristiano puede ofrecer hoy. Para construir torres, para ganar guerras, hay que ser pobres. Esta es nuestra fuerza. De lo contrario, también nosotros nos convertiremos en una secta de integristas. Pero, entonces, Dios no tendrá ya nada que darnos.

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Informativo CIRM

Una publicación de la Conferencia de Superiores Mayores Religiosos de México

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