ReliPress | RELIGIOUS LIFE PRESS
Abril 2017

Retroalimentarnos. Todo un reto en nuestras comunidades

Hno. Gustavo Llaguno Velasco, msps

Era el cierre y conclusión de un módulo formativo más de nuestro noviciado. Cada módulo duraba de quince días a un mes, en donde leíamos artículos, los reflexionábamos y relacionábamos con nuestras vidas; el último paso del módulo era compartir nuestros procesos personales en grupos pequeños y retroalimentarnos; en cada grupo nos acompañaba un formador que la hacía de moderador. El novicio compartía su reflexión, su vivencia y proceso personal; después, el resto del grupo de novicios guardaba un momento de silencio y cada uno lo retroalimentaba; todos estábamos aprendiendo a hacer este ejercicio y el formador nos acompañaba y orientaba. Recuerdo que en el proceso de aprendizaje se daba un ambiente tal, que las retroalimentaciones tenían que ser valientes, fuertes y capaces de confrontar y cuestionar el compartir del hermano novicio; de broma decíamos que “entre más sangre salía, mejor”. Recuerdo un hermano que recibió una buena dosis de retroalimentaciones confrontativas e intensas, y terminando de escuchar, simplemente salió al baño y fue a devolver el estómago. A pesar de los errores cometidos, todos estábamos aprendiendo a ejercitar dos habilidades que nos servirían para el futuro de nuestra vida comunitaria: aprender a compartir y a retroalimentarnos como hermanos que se acompañan en el camino.

Decíamos que el elemento más importante para que existan condiciones de compartir es la confianza, sin ella, no hay nada qué hacer.

En muchas comunidades sí hay condiciones para poder compartir la vida, pero no para retroalimentarse, y sobre ello quisiera profundizar en este artículo. La práctica de la retroalimentación en nuestras comunidades toca un tema delicado. No es nada fácil retroalimentar al hermano/a haciéndole ver lo que vemos en él, decirle nuestro parecer sobre su vida, su proceso, lo que percibimos de él. Cuando en una comunidad no hay condiciones para retroalimentarse puede ser a causa de varios factores. Es posible que los hermanos/as simplemente no estén en disposición de escuchar retroalimentaciones de los otros hermanos/as; tal vez no haya la valentía para retroalimentar al hermano por miedo al conflicto o a generar relaciones tensas, así que mejor se la “llevan bien” y “cada uno a lo suyo”; otro factor puede ser que haya hermanos/as que comparten discernimientos y decisiones “cerradas” donde ya no hay nada qué retroalimentar pues la decisión y el discernimiento ya está completado y hecho; otro factor puede ser que no se sabe cómo retroalimentar, no hay una metodología adecuada o no hay claridad de lo que se va a retroalimentar.

Cuando hablo del ejercicio de retroalimentarse, no me estoy refiriendo a la antigua práctica de la “corrección fraterna” de las comunidades religiosas. Me parece que el término “corrección” no es el más adecuado; aquí no se trata de “corregir” al hermano, como si el otro estuviera “mal”, y yo —que estoy “bien” — lo voy a “corregir”, pero fraternalmente. Si no, nos va a pasar como el llamado “circator”, término que se utilizaba en las comunidades de Canónigos Regulares del siglo XIII para designar a un hermano de la comunidad que tenía el encargo de vigilar las faltas de los religiosos que denunciaba para su corrección en los capítulos diarios. Aquí no se trata de “corregir” sino de retroalimentar, es decir, que yo voy a alimentar (enriquecer) el proceso y caminar de mi hermano/a con la percepción que tenga de su vida y persona; en algunos momentos implicará que el hermano/a corrija elementos de su caminar y en otros momentos implicará reforzar elementos que ya vive o intenta vivir.

¿Para qué retroalimentarnos en comunidad? Cuando existen las condiciones y se hace adecuadamente, es muy enriquecedor retroalimentarse, aunque implique en ocasiones escuchar cosas no agradables, pero ciertas. Cuando se retroalimentan los hermanos/as no es sino para ayudarse en el camino, ampliar horizontes, escuchar otras voces que la propia, darse cuenta de nuevos elementos no vistos y en definitiva, aproximarse más a la voluntad de Dios.

Para retroalimentar estoy dando por supuesto que ya existen condiciones para compartir; después de un buen compartir, es positivo que venga acompañada de una buena retroalimentación, darle una palabra al hermano/a que compartió y ayudarle en su proceso. Puede haber cuatro tipos de retroalimentación, según el caso:

  • Devolver: es cuando le devuelvo al otro una visión complexiva (que ve el conjunto) de lo que me compartió y de los sentimientos que en mí provocaron escucharlo. Esto contribuye a lograr una nueva percepción sobre el propio caminar.
  • Confirmar: aquí se trata de subrayar y corroborar algunos elementos (constructivos o no) mencionados por el hermano/a, los cuales nosotros los confirmamos porque los hemos percibido en su práctica de vida.
  • Proponer: es frecuente que cuando el otro nos comparte, nos surgen montonal de consejos que le queremos decir para resolver su situación; en este punto es conveniente decir solamente lo que de verdad se crea necesario a manera de propuesta, ya que se puede caer en el error de escuchar más los consejos que le queremos dar que escuchar realmente al hermano/a.
  • Confrontar: esta forma de retroalimentar es la más delicada de todas, por lo que se necesita claridad y objetividad. Confrontar significa “poner de frente”, y es cuando ponemos frente al otro cuestionamientos sobre algún aspecto que pueda ayudar a que el otro se dé cuenta de elementos que no ha querido o no ha podido ver y que son importantes para vivir desde la fidelidad a Dios y su Reino.

Estos tipos de retroalimentación no son fórmulas ni se aplican al pie de la letra; se necesita partir de la vida, ver lo que conviene, pedirle al Espíritu luz para saber retroalimentar. Se trata, no de ser agresivos o pasivos, sino asertivos con lo que decimos.

En el pasado artículo hablábamos de las condiciones que se necesitan para que en una comunidad sea posible compartir la vida; además de aquellas, quisiera agregar cuatro elementos que son hacen indispensables para que haya condiciones para una constructiva retroalimentación:

  • Caridad: éste es el primero y el más importante. Si no hay caridad y la retroalimentación no se hace desde la caridad, entonces lo mejor es no decir nada pues se puede hacer mucho daño. Aquí es donde se debe cuidar mucho la motivación por la cual uno retroalimenta y debe haber claridad interna, pues cuando se trata de asuntos que despiertan pasiones y enojos, se puede retroalimentar sin objetividad. Una retroalimentación siempre tiene que ir acompañada con la intención de ayudar al hermano/a y nunca para perjudicarlo.
  • Transparencia: la práctica de la retroalimentación solamente funciona si hay transparencia; que lo que se dice sea porque realmente se cree en ello. Donde hay doblez y poca claridad, lo mejor es no retroalimentar.
  • Fe: cuando se comparte y se retroalimenta se hace a la luz de la fe, teniendo como marco de referencia, los valores el Evangelio. Es por ello que es conveniente pedirle luz al Espíritu, creer que la voz de Dios también se puede revelar a través de la retroalimentación del hermano/a. Con esto no queremos decir que lo que un hermano retroalimente es de por sí “Palabra de Dios”; tampoco se trata de relativizarlo al grado de quedarnos igual que antes; se trata de darle su justo lugar y por fe yo creo que Dios me puede estar diciendo, insinuando y orientando a través de lo que mis hermanos/as me dicen.
  • Apertura: es necesaria una mínima actitud de apertura para escuchar las retroalimentaciones. Muchas veces escucharemos cosas que no quisiéramos escuchar o no nos esperamos; y eso muchas veces es positivo pues de lo que se trata es de ampliar horizontes, ver nuevas posibilidades, reconocer lo bueno y lo malo, lo congruente y lo incongruente; para ello se necesita madurez y apertura que me permita integrar lo que escucho.

Compartir y retroalimentarse se puede dar en la vida cotidiana de una comunidad; hay que saber distinguir los momentos propicios para hacerlo, pues tal vez existan momentos que no es propicio hacerlo, ya sea por la intensidad del trabajo de ese momento, por el estado de ánimo o por la falta de disposición. Pero también se puede hacer el ejercicio del compartir y retroalimentarse con momentos formales dedicados para ello y con un método adecuado. Yo he visto que esto se puede aplicar entre hermanos/as de una misma comunidad religiosa, comunidades de Formandos, o hermanos/as de diferentes comunidades que se reúnen por ser de la misma generación o por afinidad común, etc. Incluso se puede aplicar en comunidades de laicos en las que existen condiciones para ello, y, ¿por qué no? en un futuro, entre grupos mixtos integrados por laicos/as y religiosos/as. Un método que he visto que puede funcionar en grupos de entre 5 a 10 personas, tiene los siguientes pasos:

  1. Orar: el primer paso es elegir al hermano que va a compartir, se deja un momento de silencio y todos piden por él un breve momento.
  2. Compartir: es el momento en que el hermano/a comparte su vida, su proceso; se sugiere que previamente el hermano/a haya tenido un tiempo de reflexión personal para clarificar qué es aquello que quiere compartir; se calcula que su compartir no dure más de media hora, para que el conjunto no sea tan pesado.
  3. Preguntas aclaratorias: después de compartir, se da un momento para que los otros hermanos hagan algunas preguntas solo para aclarar aspectos que no les hayan quedado claros. No se trata de hacer preguntas “exploratorias”, que abran más elementos que el hermano/a no tenía contemplado compartir, sino aclarar sobre lo ya compartido.
  4. Silencio: se guarda un momento de silencio previo a la retroalimentación para dejar escuchar los ecos internos que quedaron de lo que se escuchó, hacer consciente la percepción que tengo del hermano/a que compartió, preparar adecuadamente la retroalimentación y aclarar lo que se va a decir teniendo la Caridad por delante.
  5. Retroalimentación: es el momento en que cada hermano/a retroalimenta al que compartió. Suele suceder que el que escucha las retroalimentaciones, quiere responder, aclarar más cosas o incluso ponerse a la defensiva cuando se trata de retroalimentaciones confrontativas. Aquí es importante dejar que todos los hermanos puedan retroalimentar, sin interrumpirlos y simplemente escuchar. Es por ello que muchas veces puede ayudar que exista un moderador externo que facilite a la buena dinámica del ejercicio de compartir y retroalimentar.
  6. Resonancias: se invita a que, al terminar las retroalimentaciones, el hermano pueda decir algunas palabras de cómo se siente.

Una vez terminados estos seis pasos, se pasa al siguiente hermano de la misma manera. Es importante antes y después del ejercicio de compartir y retroalimentar, haya un espacio de tiempo personal y silencio; primero para que cada uno pueda recuperar su vida, aclarar su proceso y las cosas que va a compartir; y después para dejar resonar lo que compartió y las retroalimentaciones que recibió, tanto las agradables como las no agradables, y ver cómo las integra a su camino de fidelidad en el seguimiento de Jesús.

En definitiva de lo que se trata es de ayudarnos a escuchar cada vez mejor la voluntad de Dios. Por eso queremos que haya condiciones en nuestras comunidades para compartir y retroalimentarnos, no para fastidiarnos la vida ni para “sacarnos sangre”, sino para apoyarnos unos a otros a escuchar, sentir y hacer la voluntad de Dios al estilo de Jesús.

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Una publicación de la Conferencia de Superiores Mayores Religiosos de México

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